Cap 3 – Peregrinación

(Parte del Universo The Hum)

“Peregrinación” es parte del Universo The Hum, perteneciente a “Relatos de Anubis”, Capitulo 3

En esa época del año, ambos soles viajaban sobre el cielo del planeta 5 con bastante cercanía, lo que hacía que las noches durarán más de lo habitual. No obstante, la temperatura en la superficie se mantenía cálida y con cierta pesadez en el aire.

Cuando la estrella principal se elevaba en el zenit, el calor podía llegar a ser agobiante, superando los 70 o incluso 100 grados centígrados.

La vida en este planeta, claro está, se había adaptado a la perfección a estas altas temperaturas. 2378 había estado meditando sobre este asunto de la adaptación y la supervivencia durante su tiempo en el pantano. Conocía sobre la mecánica de la genética y la matemática de la arbitrariedad y la estadística que conducían el funcionamiento evolutivo. Pero, incluso para su avanzada raza, había detalles que se rodeaban de misterios. Muchos elementos y comportamientos de la genética y la evolución aún resultaban inexplicables y ésto mantenía día y noche en actividad a los nactalianos, ávidos de la perfección biológica, aunque ya sin saber el porqué de esa búsqueda y varados en el pantano de la misma.

Desde su abandono en la superficie del planeta 5, el pequeño nactaliano había empezado a acuñar un concepto sin pies ni cabeza, pero que le ayudaba a englobar los misterios bajo una lupa nominal. Lo llamaba “magia”. Era “la magia” de la vida. Había acuñado el término de los squartels, cuyo lenguaje limitado parecía repetir constantemente dicho término para intentar explicar cada cosa que no comprendían.

Se dio cuenta que utilizar este tipo de definiciones arbitrarias y sin fundamento, lo rebajaban a la semejanza con razas primitivas, pero también descubrió que le permitía dejar puertas abiertas en su cabeza a nuevas posibilidades. Así que, incluso con la incomodidad que le generaba esta indefinición, decidió que se permitiría a sí mismo hacerlo.

La indefinición y la incertidumbre, no eran solo cuestiones filosóficas en su vida. De hecho, se encontraba caminando  a la deriva en aquel planeta del sistema xa23b, por llanuras inacabables y sin plan alguno.

Hacía días deambulaba sin detenerse y había atravesado diversos paisajes.Por momentos, los pastizales alcanzaban a tapar su cabeza abultada y le recordaban a los pequeños pasillos de La Colmena.En otros tramos, la vegetación era tan baja que se escabullía entre sus dedos al pisarla, lo que le generaba una sensación agradable. Aunque no era capaz de reir, estas sensaciones cosquilleaban su analítico corazón.

En su andar se cruzó con varios senderos y caminos artificiales, construidos por diversas razas nativas. Por los detalles arquitectónicos pudo deducir que se trataban principalmente de razas de grado 1, aunque tambié logró distinguir inteligencia de grado 2 en algunas creaciones. Al fin de cuentas, había un mundo de diferencia entre un sendero generado por el simple desgaste respecto a uno pavimentado con una aleación de minerales que requería de una fundidora.

Estos últimos no eran grandes obras arquitectónicas pero podía distinguirse en ellas un marcado sentido estético, patrones simétricos y asimétricos con ritmos de colores y formas que invitaban a los caminantes a recorrerlos . Cada sendero tenía una impronta única que permitía entrever cuál sería el lugar de destino y las características de su gente.

Nunca antes en su vida, rodeado de la estructura eficiente e indesconectable nactaliana, había tenido 2378 tiempo para detenerse a observar este tipo de detalles estéticos. Llegaba a desconcertarse tras repasar una y otra vez los posibles objetivos funcionales de aquellas figuras dibujadas sobre el camino.

Encontró en el camino una escultura de un ave nativa, preciosamente tallada en roca. ¿Era acaso una herramienta para llamar aves y atraparlas, luego comerlas y así sobrevivir? Decidió esperar en el lugar para ver como las aves se apiñaban en el sector y así comprobar su teoría pero, tras unos días de estar parado inmóvil frente a la estatua, desistió y resolvió continuar su errante andar.

Estos desconciertos calaban hondo en su mente. En cada uno de ellos, descubrió, sus conexiones mentales traían a la superficie instantáneamente al pueblo squartle. Ellos simbolizaban mucho para él, un puente hacia un mundo incomprensible.

2378 se preguntó si en lugar de vagar errante, podría tomar alguno de estos sendero. Sabía que esa decisión implicaría mayores posibilidades de encontrarse con algún individuo primitivo. Decidió que, de momento, prefería la soledad de su caminata.

Cada cierto tiempo, se sentaba sobre el cálido suelo de las praderas. No necesitaba descansar, puesto que su cuerpito contenía energía suficiente para actuar sin detenerse durante siglos. Su genética había sido adaptada por laboratorio para tomar energía del ambiente, incluyendo la luz estelar o las radiaciones circundantes.

No, él no se sentaba a descansar, ni tampoco detener su actividad. Bien por el contrario, hacía esos párates para poder observar en detalle todo a su alrededor. Le sorprendía la guerra constante en la naturaleza por la supervivencia. Se cuestionaba cuál era el fin de la  ardua tarea de aquel animalito corriendo desesperadamente, intentando conseguir alimento mientras evitaba ser él devorado por alguien más grande… y todo, ¿para qué? Sólo para alargar su vida que duraría (si no era el plato del día de alguien), tan solo algunos meses.

Continuamente se acumulaban nuevas sensaciones en el corazón de 2378, un sinfín de preguntas sin aparente respuesta lógica le generaban una sensación similar a la tristeza o al vacío y quedaban encalladas en su mente crítica y analítica. Intentaba deducir qué extraña fuerza impulsaba a los seres a actuar de la forma en que lo hacían, esa misma fuerza inundadora e incontrolable que él mismo había ya sentido ya en algunas contadas ocasiones.

2378 mantuvo su caminata por varios días. Las lunas saludaron y despidieron en muchas ocasiones a las pequeñitas huellas que él iba dejando en el camino.  Día y noche, con paso firme, acortaba las distancias hacia un incierto e indefinido destino. Inagotable, absorbía todo suceso que ocurría a su alrededor; percibir los sonidos ambientales era parte de su rutina diaria, que oficiaban música para sus conversaciones mentales. Había aprendido a distinguir entre los sonidos de las hojas secas o aquellas que habían perdido fuerza por el peso del rocío; el zumbido de los insectos recolectores, la brisa entre ramas.. en conjunto, todo aquello formaba una sinfonía que encajaba a la perfección con el paisaje ondulante de mil colores.

La belleza de la escena era generosa y por momentos parecía calmar el corazón inquieto de 2378, con una suerte de sensación de bienaventuranza, un alivio de pensar que, aunque azarosamente, estaba eligiendo bien la dirección de sus pasos.

Así, metro a metro, avanzando sin descanso, un día se encontró frente a una pradera de cientos de   kilómetros repleta de colores verdes y violáceos.  A lo lejos, mirando al horizonte, se erigían, imponentes, unas cadenas montañosas de alturas colosales. Entre él y aquella majestuosidad, pastizales interminables iluminaban la vista movidos por el viento.

2378 se sentó en una roca cercana. Este simple acto generó cierta nostalgia de la época reciente en el pantano, junto a los squartles. ¿Qué sería de ellos? ¿Cómo evolucionarían con los siglos? ¿ Serian capaces de adaptarse y sobrevivir manteniendo sus costumbres arcaicas? Su partida había dejado a los squartles con nuevos conocimientos que si eran bien utilizados les permitirían sobrevivir, prosperar y crecer como raza.

Recordó la fé de aquellas criaturas en él cual deidad, con inagotable devoción. Este hecho aún lo desconcertaba e inquietaba,  aún no alcanzaba a comprender como una figura inanimada había podido ser tomada como dios y, a partir de eso, despertar un compromiso tal que, aquellos animados squartles, hubiesen sido capaces del sacrificio de sus propias vidas para defenderlo.

El heroico gesto de devoción de los squartles y los ritmos de su danza de guerra lo acompañaban desde el momento que se alejó en busca de un nuevo horizonte.

Absorto en sus pensamientos, allí sentado, observó el juego de luz y sombra que cada sol proyectaba sobre el planeta. Repasando su enciclopedia mental, constató que algunos nativos llamaban a la estrella más grande Avaraz, el Dios de Dioses. Su color azulado e imponente, era filtrado por la atmósfera del planeta en tonos rozáceos. Sirla, su compañera binaria, brillaba en colores más rojizos. Eran estrellas de edades similares, pero que habían pasado por procesos de evolución de distintas aceleraciones. Conocía parte de la realidad detrás del mito, pero descubriría más en sus viajes por la galaxia.

De los squartles, el nactaliano había podido comprender muchas historias fantasiosas, su folklore. Avaraz era el todopoderoso, dominaba el tiempo, el clima y si lo deseaba, podía destruir el mundo. Pero Sirla, su compañera, día a día le aplacaba con su cálido cariño. Ella era la responsable de que Avaraz se mantuviera recto y benevolente.

La historia se repetía con pocas variaciones en los distintos pueblos del planeta. Se decía que Avaraz había sido formado de lo oscuro del universo, un frío lago de brea primigenia, del cual surgieron los elementos del mundo. Los nativos solían erigir altares en pantanos y lagos siguiendo esta ideología. Consistían en pequeñas montañas hechas de piedras apiladas en forma de cono. Todas las desgracias y las fortunas que ocurrían se debían al humor del Gran Todopoderoso. En tiempos de necesidad se acudía a aquellos altares rústicos para ofrecerle oraciones y nuevas danzas al dios en busca de favores. Las piedras eran renovadas en caso de ser necesario, ya que el viento las vaciaba de su poder.

Si las danzas y súplicas no eran suficiente para conmover al gran poderoso Avaraz, se podía recurrir a la dulce Sirla, pero solo en última instancia, pues la búsqueda de su intervención podía ser causa de enojo para el Gran Poderoso, como se había constatado en ocasiones.

Se dice que, milenios atrás, un gran gobernante de nombre Toron pidió a Sirla alimentos para todo su pueblo, que se encontraba pasando por una de las sequías más grandes conocidas. Ella acudió, benevolente. El gobernante volvió a acudir a Sirla tiempo más tarde, suplicando por la vida de su hija, enferma de muerte. Sirla respondió. Una vez más, Toron llamó a Sirla y le pidió riquezas para su gente, que buscaba expandir sus territorios más allá del horizonte. Pero el resultado fue desastroso. Sirla desapareció por semanas, los sembrados y animales murieron. El gran pueblo de Toron terminó en la ruina absoluta.

2378 se preguntó cuántas otras historias podría escuchar acerca de estos soles y que tan variadas éstas serían. Volvió a plantearse si seguir algún sendero sería buena idea, para así contactarse con nativos y seguir escuchando las historias de la pareja de dioses que todo lo ven y todo lo pueden. Recordó, no obstante, que los nativos de tipo 1 o 2 temían mucho a su raza nactaliana, ya que los consideraban demonios nocturnos de la muerte. Sintió una incomodidad en su pecho al recordar sus incursiones para secuestrar individuos y un atisbo de miedo le dijo que era mejor evitar esos encuentros.

No obstante, si su memoria genéticamente potenciada no fallaba, él sabía que del otro lado de aquella imponente cadena montañosa, existía una ciudad importante, donde incluso razas de grado 3 aparcaban en sus naves para comercializar o realizar tratados políticos. Aquella zona, bulliciosa y con mezclas de razas de todo tipo, siempre había sido evitada por los nactalianos, que solo buscaban presas fáciles para sus experimentos. ¿Debía dirigirse hacia tan lejano objetivo?

La luz de Avaraz y Sirla danzaban juntas sobre la pradera. El viento, suave pero constante, enrollaba los pastizales. Un espectáculo que emocionaba al mismo nactaliano de naturaleza fría. ¿Cómo algo tan simple como una geografía, pastizales y el movimiento de masa atmosférica podía generar algún tipo de pensamiento emocional? 2378 no paraba de sorprenderse con todo lo que su casi perfecto cerebro había ignorado por siglos.

La brisa fuerte provenía desde aquella cadena montañosa que podía distinguir sobre el horizante. Lo sentía como un llamado. Se quedó algunas horas mirando fijamente a lo lejos, absorto por la sensación del tacto. El viento rozaba su piel, los pastizales acariciaban sus piernas, por momentos de forma suave, por momentos ásperamente. Todo era tan nuevo…

Hizo un esfuerzo por ponerle nombre a aquellas montañas. De su más profundo ser, intentó dejar nacer la creatividad de la nominación. Eran enormes, colosales y él sentía su llamado, el cual le generaba intriga pero, a su vez, temerosos escalofríos.  Le recordó a la sensación de los niños squartes al relacionarse con sus progenitores, aunque lo asociaba en mayor medida con el zumbido de El Núcleo y su ardiente necesidad de volver a la cámara regenerativa.

Por mucho intento que hiciera, no logró crear un nombre para la cadena montañosa. Estuvo a punto de entrar en un círculo de pensamientos que lo hubiese retenido allí quién sabe cuánto, pero una chispa en su mente le mostró una solución: debía explorar, debía acercarse y sentir las montañas. Así, quizás, podría crear algún tipo de nombre. Estaban, además, de camino a la metrópolis grado 3, por lo que la decisión parecía muy adecuada.

La brisa mantenía su ritmo, constante y tranquilo; suavidad y aspereza, llamado y amedrantamiento. Mirando hacia el horizonte, y tras calcular varios días de caminata, 2378 se levantó de la roca y emprendió su andar hacia el llamado del viento.