Renacuajo

(Perteneciente a El Punto Unico)

“Renacuajo” fue escrito originalmente como parte de una novela. Data del año 2004.
Capitulo 1

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Llovía ininterrumpidamente, una cascada incesante bajo el cielo negro de aquella noche invernal. El sonido constante del golpeteo de las gotas sobre el
techo de cinc, en otras ocasiones, solía ser para mí un poderoso somnífero. Sin embargo, aquella vez el efecto se encontró anulado por un punzante dolor de cabeza que me atornillaba el cráneo.

El insomnio, inevitable, me llevó a perderme en una compleja maraña de pensamientos y la compleja maraña de pensamientos profundizaba mi insomnio; un circular mecanismo muy habitual en mi mente.

 No recuerdo el hilo que me llevo a su recuerdo. A menudo me ocurría de llegar a algún punto recóndito de mi memoria sin saber cómo. Para acomplejar más mi situación, me planteaba como desafío comprender las uniones que hacían de puente entre pensamientos tan inconexos entre sí. Me hundía tanto en esta reflexión, que terminaba olvidando cual era el pensamiento en cuestión.. entonces, uno nuevo aparecía.

No sé cual fue el hilo que me llevó a esa imagen, pero al proyectarse sobre mi mente, volvió a generar el mismo impacto que siempre. Tan profundo, tan destellante.. que no se perdió en divagaciones y me quedó sellado en la retina por un buen rato. Lo veía ahí, como siempre, como hacía años. Sentía su presencia, su penetrante mirada. Podía hasta reconocer el olor de su casa, donde yo había pasado tanto tiempo.

Regresó, no sé con qué hilo de pensamiento, pero su recuerdo simplemente regresó a mí. Su sola invocación me estremecía el alma. Jamás supe identificar dentro de mis sensaciones nebulosas qué me provocaba tal sentimiento. No pude evitar el deseo de poder comprenderlo y comencé a desgarrar todo lo que me pasaba por la cabeza. Quise poner orden en mi mente. Ella, siempre rebelde, salvaje, endemoniada, estaba habituada a contradecir mi voluntad y la jaqueca la exaltaba aún más.

 A pesar del caos y subidos a su frenesí, comenzaron a desfilar distintos recuerdos: mi primer grado de la primaria y, allí, los incipientes pasos de aquella amistad con Ezequiel; el impacto inmediato que me significó conocerlo (como si la palabra “impacto” fuese el verdadero nombre propio de aquel pibe) y todas las cosas que sustentaron tal impresión… su precoz desarrollo intelectual, su creatividad desbordante, su sólida seguridad en sí mismo…

Lo vi caminar altivamente por el patio de la escuela, solitario, meditante. Lo vi dialogar con las maestras, con expresión magna y elocuencia fluida como una ola e igualmente aplastante para los interlocutores. Aplicaba todo el peso de la razón y la lógica, planteando, cuestionando y exasperando a los docentes que, irónicamente, lo elogiaban y lo detestaban.

Recordé el mismo método aplastante pero enfocado hacia mí. Intentaba lucharle de igual a igual, ingenuo. Comencé a reír cuando noté que, ahí tirado, tras años de lo recordado, le daba la razón a él en las discusiones pasadas.

¿Acaso lo admiraba o lo detestaba? Comencé a lamentarme no haber sabido más nada de él. Desapareció de mi vida y de la de todos mis conocidos de un día para otro y nadie habló del tema.

Alguna que otra vez husmeé en su búsqueda. Chusmeando con gente del barrio, navegando en internet, en redes sociales… nada. Varios años atrás, en el principio de mi adolescencia, aún tenía algunas noticias vagas de él. Estaba estudiando en una secundaria de mala muerte, lo cual me llamó poderosamente la atención. ¿Estaba investigando con gente? ¿Acaso aprovechaba lo fácil que seguramente le resultaba la escuela para dedicarse a proyectos secretos? O… ¿Será que se había apagado y dejado sucumbir ante la mediocridad de la gente? No.. esto no podía ser, él era un ser más allá de nosotros.

Toda esta nube turbulenta de recuerdos me aturdió notablemente, así que me levanté de la cama. Estaba bien entrada la madrugada. La luz de las lámparas callejeras se filtraba por la ventada goteada de mi cuarto a oscuras y dibujaba en la pared un dinámico caleidoscopio anaranjado.

Decidí hacer alguna actividad cualquiera dado que no podía conciliar el sueño a causa de mis pensamientos y mi invasivo dolor de cabeza. Irónicamente, siempre que un gran dolor de cabeza me atormentaba, para distraerme y esquivar el martirio cruel de la dolorida existencia, me embarcaba en alguna actividad intelectual. En ocasiones, esto era como querer apagar el fuego con nafta, pero en otras resultaba un remedio milagroso. El problema, casi siempre, era decidir cual sería esa actividad.

No sé si fue una actividad muy intelectual o no la que elegí esa noche en intento agonizante de fuga. Indeciso, sin prender la luz siquiera, comencé a quitar lo que se amontonaba desordenadamente sobre los estantes y a tirarlo sobre la mesa cercana o bien directamente al suelo. Solía hacer eso con cierta regularidad. Era como si buceara hacia el fondo del amontonamiento en busca de algo olvidado y revelador. A veces me dedicaba horas, con extraña mezcla de paciencia e irritación a tal tarea.

En cierta forma, mi actividad con los estantes se asemejaba a aquellas ocasiones en las que pasaba tardes y noches desparramado en la cama removiendo recuerdos e ideas de mi mente, haciéndolo también con extraña mezcla de paciencia e irritación en busca de algo olvidado y revelador. El reloj corría y no hallaba tal objeto mágico en el interior de mi cabeza. Entonces, decidía extremar la búsqueda. Utilizaba pensamientos perforadores con la intención angulosa de ir rompiendo cada capa de mi conciencia.

Lo hacía atesorando cierta esperanza de llegar al magma esencial de mi mente, pero solo llegaba a capas y más capas, cada vez más complejas y espinosas, de estructuras más arraigadas e inexpugnables. Me exasperaba y a los taladros sumaba equipos de demolición. Volaba en pedazos las placas obstructoras de mi sumergimiento y esto hacía saltar miles de esquirlas puntiagudas por doquier que, en donde aterrizaban, abrían heridas profundas y desgarradoras en mi atormentado ser. Dolorido, en medio de aquella batalla traumática, no cedía.

Levantar la bandera blanca era como dejar que mi ser interior me orinase en la cabeza, riéndose atrozmente. Intentaba seguir avanzando, ya sin fuerzas en aquel campo de batalla, ya sin taladro ni explosivos. Con mi propia mano despellejada cavaba desesperadamente con la demente ilusión suicida de llegar al núcleo, al final de la travesía inhumana. Mis últimas fuerzas se consumían en un instante fugaz y caía, rendido. Mi expresión nula frente a las paredes rígidas y astillosas del núcleo.

Me sentía morir, al menos un tanto conforme por haber llegado a la puerta, a la entrada del centro equidistante de todo mi ser. Pero, a punto de expirar, una voz me resonaba en cada fibra carnosa hasta llegar a mis oídos, haciéndome entender que nada aseguraba que ese muro no fuese una placa más y todo mi esfuerzo futil y hasta irrisorio. No moría como héroe en mi propio campo de batalla. Explotaba en mí mismo, asquerosamente, marcado como bufón inútil y pusilánime.

Recién entonces, notaba mi existencia terrenal. Me levantaba de la cama y, con mi mente completamente aniquilada, me quedaba en estado de bofe autómata jugando a los videojuegos por horas y a veces días, ojos fijos sin parpadeo, recibiendo de lleno los rayos catódicos y su imprecación muda.

 Así como luchaba y moría sin sentido en el Armagedón de mi mente, así emprendí campaña en mi cuarto frente a los estantes y las porquerías que en ellos se acumulaban.

Seguí arrojando cosas, a veces pausadamente, otras con desenfreno. No sé cuál era el núcleo que buscaba, siquiera sabía por qué hacía eso. Me detuve a meditarlo unos segundos. ¿Sabía siquiera para qué vivía? Entonces, ¿Por qué preocuparme por mi conducta sin sentido frente a unos estantes altaneros e imponentes basada en un dolor de cabeza tan horripilante que me recordaba a mi abuela?

Dándome un respiro del rol de carroñero de estantes que había asumido, me acerqué a la ventana de mi cuarto. Afuera, la lluvia, lejos de amainar, se mantenía constante. El agua se amontonaba en el marco, inundándolo y transformándolo en una pequeña cascada que daba al suelo de mi habitación. No le presté mayor atención al hecho sino hasta que mis pies descalzos sintieron el agua helada recubrirlos.

Por puro automatismo y no porque me interesase la inundación, me encaminé a la cocina en busca de un trapo y un balde, pero la baldosas húmedas resultaron demasiado resbalosas para mi precario equilibrio somnoliento. Mi cabeza, cuyo dolor se había aplacado mágicamente por el analgésico estantesístico, se sintió partir en veinte mil pedazos contra el suelo. Grité un “la puta madre” con tanta furia, potencia y dolor que debió haber opacado a los truenos nocturnos de toda la ciudad.

Aturdido y lloroso de dolor, permanecí boca arriba sobre el suelo, moviendo la boca, como queriendo acomodar mi cabeza. El agua, que rebalsaba el marco de la ventana e inundaba mi cuarto, comenzó a rodear mi cuerpo. Me sentí muy a gusto con la fresca sensación que eso me causó y, convertido en un renacuajo de un metro ochenta, comencé a quedarme dormido. Por un instante recordé a mi madre diciendo “no te duermas después de un golpe en la cabeza”. La maldije.

Mis siempre presentes pensamientos comenzaron a tornarse cada vez más incoherentes y me sentí caer en el pesado pozo del sueño. Pero, cuando comenzaba a atravesar la espesa niebla que hace de puerta entre la vigilia y el reino de lo onírico, el sonido aparatesco de mi celular me hizo regresar secamente.

 Me senté, sobresaltado. Maldije haber compuesto aquel ringtone tan chillón con la melodía de Marios BROS que mi anticuado celular reproducía asquerosamente. Sin necesidad de ponerme de pie, tomé el celular, que se encontraba sobre una silla cercana.

Estaba un poco extrañado por la hora en que recibía aquel mensaje de texto, aunque supuse que, seguramente, había sido enviado horas antes y llegaba con mucho retraso a causa del pésimo servicio que brindaban las telefónicas. Leí el mensaje:

“Hola Ariel ¡Qué golpe te pegaste! Perdón por despertarte. Sé que me recordás. Pronto tendrás noticias mías. Ezequiel”

 Completamente desconcertado, revisé si figuraba el número del teléfono remitente: “número desconocido”.

 Anonadado, me volví a recostar sobre el agua. El hecho no tenía cabida en mi estructura mental. Era un pieza de otro rompecabezas. Mis pensamientos se encontraron congelados en una gélida y vacía sensación de irrealidad.

 Mientras afuera algunos pájaros cantaban, madrugadores, y desde el techo se deslizaban algunas gotas remanentes de una lluvia que había cedido en cuestión de segundos, yo me dormí convencido de que mi cabeza, efectivamente, se había partido en pedazos y estaba delirando.