Capitulo 3: Mates Amargos

(Perteneciente a El Punto Unico)

Mates Amargos fue escrito originalmente como parte de una novela. Data del año 2006.
Capitulo 3

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Cuando llegué a la Facultad me confirmaron la inverosímil noticia: Carlitos había aprobado Análisis Matemático, aunque algunos le decían simplemente Matemáticas. A pesar de la confirmación de mis conocidos, como a ellos mismos, me parecía algo increíble.

Muchos se alegraron por Carlitos, mas yo no lo hice. Sinceramente, no creía que haber aprobado una materia fuese algo tan relevante en su vida, nada en ella cambiaría. Me sorprendía cómo le daban tanta importancia a una nota, a tal “logro”. Pero, aunque en determinados casos podía llegar a entenderlo y, en otros extremos, compartirlo, esto era completamente diferente. Se alegraban porque Carlitos estaba progresando, porque su “perseverancia” daba frutos. Ciegos, observaban desde su propio cristal, creyéndose que todo el mundo se comportaba bajo los mismos parámetros que ellos mismos.

A Carlitos no le alegraba aprobar una materia; menos aún sentirse más avanzado en la carrera. Tan solo quería mantener su regularidad como alumno para poder seguir usando las computadoras e internet de la facultad y descargar juegos, toneladas de videojuegos. Aunque no censuraba tal propósito, el resto de las personas lo hacía y lo lograban, hasta tal punto, que llegaban incluso a no notarlo. Reemplazaban el hecho que deseaban ignorar por uno que les apeteciera más y que consiguiese saciar sus pretensiones ciegas y arrogantes: Carlitos estaba avanzando, superándose, “convirtiéndose en alguien”. La tan supuesta perserverancia suya por “avanzar en la vida” no era más que ir a rendir incontables veces esperando sacarse la lotería de aprobar en alguna ocasión para mantenerse como alumno regular.

Sentado en la mesa de la Sala de Lectura, con mis conocidos usuales, recibí la noticia de la boca misma de Carlitos. Se lo notaba feliz. Por automatismo le felicité su logro. Sonrió y se sentó entre nosotros, descargando su abultada mochila sobre la mesa. Comenzó a sacar libros y libros, cuadernos incontables, acomodándolos por donde sea que entrasen. De repente, se quedó quieto. Con gesto meditativo, se puso a divagar vaya uno a saber qué cuestiones en voz baja. Hablaba solo, para sí. Segundos después, abandonó todas sus cosas y se dirigió a la sala de computadoras, con un cd virgen en mano.

La escena me llevó a un mar de meditaciones. Había vivido en carne propia el vicio electrónico de los videojuegos. Sabía lo que se sentía. No existía sobre la faz irregular de esta Tierra nada más atrofiador para la mente. Podía uno pasarse horas y hasta días enteros sin ver la luz solar, rociándose de marchitantes rayos catódicos que penetraban por los ojos con apariencia inocente. Ingresaban por las pupilas, bien recibidos por éstas, con alfombra roja desplegada por el anfitrión cerebral de nuestra conciencia. Una vez dentro, sutilmente, se dispersaban por el campo arrugado e indefinible de la mente y, dibujando una sonrisa malévola, sembraban semillas cuadradas de muerte estructurada por doquier. Uno gozaba, se sentía en un mundo nuevo. Pero las semillas germinaban, abrían caminos de angulosidad enredada, cercaban los campos de la imaginación, el fuego de los volcanes creativos. Así, el magma existencial, no encontrando cauce para salir al mundo, se estancaba en bloques rectangulares, dando paso a densos ladrillos neuronales que, complementándose atrozmente, armaban el muro tétrico de la imaginación fallecida. Muros y muros, rectos codos por doquier. Ásperas paredes, peajes muy costosos que las ideas, pobres, tan necesarias de nuestra potestad, no pueden pagar por sí mismas. Fuera, los soles giraban en torno a un mundo ahora inexistente y, dentro, encerrado entre cuatro paredes reflectanes, uno se había transformado en el ser autómata por excelencia: “el bofe”.

Carlitos era un bofe más. Había encontrado en los videojuegos su vía de escape a la realidad y ahora sólo respiraba conciencia electrónica. Me alivié de no haber llegado tan lejos y me pregunté si existía vuelta atrás de ese estado bofetístico.

La emoción general causada por la impensable noticia de la materia aprobada se fue desvaneciendo poco a poco, como todo lo que rompe la rutina por unos instantes para volver a gelatinizarse luego. Pensé que podía hablar con mis conocidos como solía hacerlo a menudo, buscando en ellos a compañeros de viaje, en busca de un sueño de pensamientos e ideales, conocimientos abstractos dibujados sobre nuestra mente y gozados a cada instante. Pero, ese día caí en la cuenta de que eso era imposible. Incontables veces había intentado hacerlos zarpar conmigo en tal emprendimiento, pero siempre se acobardaban. Algunos, avezados, amagaban el intento, pero al llegar a costa, daban vuelta y echaban a correr en busca de sus hogares. Zarpar en busca de lo desconocido es algo que nadie quiere hacer, sobre todo cuando el mar es uno mismo.

Me sentí más solo que nunca. A pesar de haberme decepcionado incontables veces, de haber buscado en distintos grupos de personas, siempre renacía en mí la llama aventurera. Ya no. Todos eran ladrillos y los ladrillos no caminan solos. Están destintados a armar un muro cuadrado y obsoleto, insípido. Había intentado cargarlos conmigo al viaje, pero, cuando me agotaba y los soltaba para que caminen solos, quedaban allí, inertes, sobre el suelo. Al fin y al cabo… es lo que es un maciso bloque de estructuras cementísticas.

Noté que, finalmente, comenzaba a sentirme yo mismo un bloque más de aquel paredón frío y muerto. Mi verde clorofila aventurera se había teñido lentamente con los tonos grisáceos y opacos de muro.

Por entre mi nube de soledad opaca, recordé al celular místico. Sacándolo del bolsillo del pantalón, lo coloqué sobre la mesa, de manera que quedara bien visible a los ojos de todos. Ignorando al mundo y apartándome aún más de él, centré mi atención en el aparato endemoniado. Inmediatamente noté que el término “endemoniado” suponía muchos preconceptos. Necesitaba liberar mi mente si quería hallar respuestas. Me concentré en olvidar todas las pseudos-respuestas que mi mente había propuesto y había comenzado a enunciar como resultado de repetir de mi memoria lo que podía llegar a estar sucediendo. Miles de frases pre-armadas asaltaban vorazmente mi cabeza, intentando tomar control del asunto. Resistía con fuerza el embate de mi memoria, oponiendo resistencia, esperando pacientemente a que acabe el asedio. Deseaba ardientemente que la escasez de ideas originales acabase pronto, dándome a beber del néctar milagroso de la creatividad. La tormenta proseguía, perseverante, avariciosa.

Sentí mis fuerzas flaquear y, en ese mismo instante, llegó un jinete volador a salvarme de las huestes perversas.

Un mate llegó hasta mí proveniente del mundo exterior y me hizo perder la concentración, pero, probablemente, eso fue una especie de salvación. Carmen me extendía su brazo alcanzándome el recipiente de madera. Suspirando, lo tomé y llevé la bombilla a mi boca. El celular permanecía allí mudo, mientras yo lo miraba de reojo. Mi compañera noto mi absorción e, intrigada, me preguntó:

-¿Todo bien Ariel?

Formulé mentalmente una infinidad de posibles respuestas. Y tras unos pocos segundos de procesamiento, le dije:

– Si, si… un poco cansado solamente – regresándole el mate.

Respiré profundo y decidí intentar olvidar por un rato el asunto del celular místico. Las repuestas irían llegando solas a medida que mi humana mente fuese estando preparada para ellas.

Distribuidos a lo largo de la mesa, como apóstoles estudiantiles, estaban los chicos de siempre. Alternaban entre estudio y charlas, comunicándose a través de montañas de libros, apuntes y paquetes de galletitas rellenos de yerba usada. Intermitentemente se interpolaban comentarios de lo más variado; acerca de equis materia, acerca de música, televisión, videojuegos, machos y hembras…

A uno de mis lados, Miguel se encontraba enclavado en el asiento. Con la cabeza gacha sostenida por una nuca terriblemente tensa, como cables que sostienen una torre, centraba su mirada en las palabras que un libro enunciaba, en su habitual intento metódico de aprender (o aprobar..) leyendo mucho y resolviendo todos los ejercicios de la cátedra. A su lado, Andrés resongaba, recostado sobre la silla. De cuando en cuando comentaba algo relativo a la última película que había visto y, cuando el tema se había agotado, se enderezaba, posaba distraídamente los ojos sobre los apuntes y, al minuto, volvía a recostarse con pereza.

En frente mío, enrolada en su tarea de cebadora de mate, Carmen no se decidía si leer, cebar o charlar. A pesar de su aparente alegría y del brillo de sus ojos, podía notar un triste escenario en el fondo de su ser. El principal motivo por el cual pasabas las horas en la facultad era evadir la presencia familiar. Por supuesto, nadie lo notaba. Todos le hacían chistes, comentarios pícaros. Ella se reía, presta a la diversión. Pero a mí no se me escapaba el detalle. No importa que tanto la gente finja o pretenda olvidar sus aflicciones, la tristeza les anega el alma y las lágrimas contenidas comienzan a pudrir con su humedad la felicidad negada. Era así, jamás había encontrado yo algo que se pudiese hacer con esto. El mundo estaba perdido.

Disipando mis meditaciones, entró Alejandro a la sala. Tras saludar a todos animosamente y ser saludado por todos con agrado, se sentó a mi derecha. Luego de intentar responder a todos tipo de pedidos y saludos, me preguntó si mirarme:

-¿Y?¿Pudiste estudiar algo?

Resongué. Él ya sabía la respuesta, pero igualmente le respondí:

-Naah… la verdad… ni ganas.

Alejandro respiró profundamente. Con voz calma me dijo lo que tantas veces:

-Cualquier cosa avisame y te ayudo

Le agradecí el gesto. Él, como caso particular, no intentaba imponerme lo que creía correcto. Proponía, tan solo, y lo hacía siempre entendiendo que yo pensaba diferente y ofreciendo su ayuda en lugar de dibujando una vacía crítica. Su postura, en la práctica, ya era para mí un alivio y una ayuda. Hacía que no me sintiese tan solo en el mar urbano de necedades.

Resoplando y estirando sonoramente todo su cuerpo, Miguel relajó la atención del libro que estaba leyendo. En medio de un elongado bostezo me preguntó:

-¿Todavía no empezaste a estudiar? Mirá que ya vamos por la practica cinco.

-¿Ya? – respondí vagamente- No, aún no comencé. En estos días… supongo.

-De veras te digo, deberías ir empezando y ponerle pilas, sino no vas a llegar.

-Bueno, gracias por el consejo, voy a ver como hago en estos días.

Miguel esbozó un gesto de desagrado no muy pronunciado pero perceptible. Insitió:

-yo te lo digo por tu bien

-Ya lo sé, ¿por qué me aclarás si yo no te dije nada que pueda contrariar esa idea? Además… tranquilo… si lo decís por mi bien y lo único que querés es mi bien y no simbiotizarme en un mar sistemático de cuadradez… quedate tranquilo que mi bien no viene por aprobar una materia académica sin sentido.

El peso de los preconceptos tiñó la gesticulación de Miguel, así como los semblantes de algunos de los que se encontraban sentados en la mesa, incluso de aquellos que no deseaban estudiar pero lo hacían porque era lo “correcto” y, bajo ese concepto, tapaban sus culpas por querer estar en otro lado y situación horrorizándose ante mi falta de escrúpulos académicos. Mi interlocutor comenzó su discurso habitual:

-¡No podés seguir así, Ariel! ¡Tenés que preocuparte más por lo que hacés!

-Bueno, como en este caso no hago nada, tons no hay nada por lo que preocuparme.

-¿Qué vas a hacer con tu vida?

-No sé, sinceramente. Pero eso no tiene nada de malo. Además… ni que cursar materias de la facultad y preocuparme por aprobarlas sea la solución a no saber que hacer con mi vida. No me causa mucha gracias tapar vacíos existenciales con actividades esclavistas y monótonas como hacen todos.

-Cualquiera lo que decís – dijo con tono cada vez más indignado y habiendo recibido el mensaje como algo personal, que en parte lo era – Yo no tapo nada, solamente quiero ser alguien en la vida.

-¿Y alguna vez te pusiste a pensar qué significa ser alguien en la vida? ¿O solamente estás desesperado por no quedar fuera de un país de las maravillas que ni siquiera sabés si existe y ni siquiera te preguntaste cómo es?

-Ya empezaste a decir boludeces.

-¿Qué significa ser alguien en la vida?

-No cagarse de hambre y tener lo mínimo para ser feliz.

-¿Cómo qué?

-Una casa, un auto, comida para tu familia, ropa, etc.

-Eso es lo mínimo para ser feliz… Bueno, esa es tu idea de felicidad. Idea que, estoy casi seguro, es heredada… mejor dicho, simbiotizada a manera de pensamiento colmena y colectividad cuadrada, de todo un entorno que jamás se preguntó por qué corre en busca de algo que no existe.

Todos miraban, divertidos, sobre todo porque me creían loco, además de por la indignación de mi interlocutor, que prosiguió:

-A ver… sin un título no vas a ser nadie. Te va a cagar de hambre.

-Esas proposiciones caen por si mismas, pero si querés podemos buscar una infinidad de contraejemplos que derriban tu inductivo razonamiento. Bah… digo inductivo siendo generoso, dentro de lo que ese adjetivo puede permitir, ya que tranquilamente podés no haber razonado nada y asumir lo que estás diciendo a mera forma de marioneta repetitiva. – tomé un mate que acababa de aterrizar en mis manos, y proseguí – Además… “Sin título no vas a ser nadie.” seguido de “Te vas a cagar de hambre”. Son dos ideas distintas. Podría enumerarte incontables personas que han sido y son millonarias en demasía y no tienen título alguno, y muchas más (que incluso conocés vos en persona) que tienen buen pasar económico sin título. Luego.. si queres, podemos además discutir el tema de “Sin título no vas a ser nadie”.. requeriría todo un desgloze de qué significa eso.. pero también podemos buscar mucha gente que ha sido muy influyente en la humanidad que claramente no tuvo títulos…

Iba a seguir hablando pero caí en la cuenta, lento de mí, que se estaba transformando más en una lucha de poder que en un debata real. No sé si Miguel entendió lo que estabamos debatiendo, pero sí puedo asegurar que no estaba nada contento con nuestro “diálogo”. Sus esquemas estaban siendo atacados y a un ladrillo no le agrada que lo quieran desamurar.

-Hacé lo que quieras – me dijo completamente enojado.

-No te enojes Miki… No te estoy diciendo nada malo, ni bardeando, ni nada… no entiendo porqué te ponés así….

-Hacé lo que quieras… -reiteró y posó, rigidamente, su mirada en los libros.

Decidí que el tema se había agotado. Repasé mentalmente la idea de que nadie piensa, todos repiten. Podría haber vuelto a mi meditación concentrada en el celular místico, pero mi cabeza evadió olímpicamente la posibilidad. En vez de eso, comencé a observar el ambiente. En una esquina, de tanto en tanto, Andrés interrumpía las conversaciones para resaltar que él tenía algo, o tenía más de algo que los otros. Eran tan obvio que, naturalmente, nadie lo notaba. Yo me había tomado la costumbre de interrumpir sus interrupciones, sutilmente, con comentarios que dictaminaban que yo tenía más que él. Era como el grito de los gorilas buscando medir sus penes. Mi juego era bastante evidente pero, como de costumbre y ya aburrido de ser tan redundante, nadie notaba mis intenciones. Se sumaban a la “charla” admirados de lo que yo desenfundaba, mientras Andres miraba hacia abajo, ofuscado, en silencio, esperando al acecho la oportunidad de saltar y decir que tenía más.

Todo este juego solía divertirme y hacerme pasar el rato, pero ese día no me invadió la más mínima gana de comenzarlo. En lugar de eso, seguí observando, oyendo, mientras escribía incoherencias sobre mi cuaderno. Entre palabras que venían a mi mente y plasmaba sobre el papel, dibujaba aquello que la birome dictaba, intentando hacerlo libremente, sin guía de mi conciencia. Un teléfono celular deforme apareció entre los garabatos. Lo miré detenidamente mientras mi mano continuaba revoloteando líneas sobre la hoja. Cuando parecía que algo empezaba a tomar vida, Miguel se dirigió hacia mí. Señalando su libro y con un gesto amable, me dijo:

-Che Ariel.. ¿me explicás esto?

Me causó gracia que alguien tan responsable necesite la ayuda de un “nadie”. Generalmente, cuando me daba las ganas de hacerlo, solía aprobar las materias que Miguel aprobaba tras más intentos. Soy conciente de que él lo tomaba como una injusticia. Yo, el delirante, el que quería ser nadie, aprobaba sin esfuerzo mientras él, que luchaba por ideales correctos para ser alguien, tenía que repetir examenes. Podía en cierta forma comprender su frustración, su batalla interna pero.. era más de lo mismo, no era más que un pequeño reflejo de su alma encarcelada tratando de demostrarle que todo ese cemento amurado no era real.

– Todavía no lo leí – respondí – ¿querés que le pegué un vistazo y te explico?

– Si, dale

Mientras comenzaba a pasear la vista por el libro en cuestión, me reía internamente del a situación tan irónica. Me preguntaba si las ideas de la gente tenían alguna coherencia y sentido en sí mismas.

Pasadas unas cuantas horas, me encaminé regreso a mi departamento. Un sentimiento particularmente raro me envolvía, inundado de silencio y vacío. Los fotogramas de la película transcurrían a un ritmo muy lento. Me crucé con aquel cartel publicitario que apoyaba a los jóvenes a ser católicos a pesar del mundo actual y, verlo, me causó una gracia más elaborada que de costumbre.

Pasé frente de la librería “El Aleph” pero, rompiendo completamente la rutina, me detuve en la vidriera. No miré ningún artículo en particular, pero si me quede meditando sobre por qué hacía eso, completamente intrigado de esa ruptura en mi tan metódica vuelta a casa. El Aleph, ese concepto tan maravilloso creado antes de mi propio nacimiento por Borges.. ¿Acaso podría uno destruir los muros mentales si pudiese, tan solo por un ínfimo instante, adentrarse en algo tan único, en un punto que todo lo una? Tras despabilarme, continué.

Mientras caminaba, un niño se acercó a mí y, jugueteando, se echó a mis pies, obligándome a esquivarlo. No llegué a hacer tiempo de evadir a la criatura cuando su devoradora madre apareció de la nada y lo alzó fortuitamente. Con furia desenfrenada le clavó un grito en su existencia que enunciaba:

“¡Pelotudo! ¿cómo vas a jugar en el suelo?? ¡No ves que te puede dar SIDA???!!!”

Me quedé helado. Mi cuerpo se paralizó y solo atiné a mover los ojos y cabeza para seguir con la mirada a la vieja súcubo, intentando buscar en ella algún vestigio de humanidad.

Traté darme aire y seguir el viaje pero, al inspirar, un ácido y oneroso perfume destrozó mi tabique y resecó instantáneamente mi cerebro. Quise evadir la tortura venenosa respirando por la boca, pero era demasiado tarde. El veneno corrosivo del aroma estirado llegaba hasta mi mente atravesando mi materia humana. Mis oídos no tardaron en captar los aguilescos chillidos de las portadoras de la muerte. Aquellas dos viejas perfumadas que habían visto la situación chillaban:

-¡ay! ¡Qué vergüenza!¡Qué chiquillo malcriado!

-Mi hijo jamás se portó así, mi marido lo tenía como debía ser, educadito

Disimuladamente, comencé a escapar. Maldita fortuna asquerosa la que hizo que mi itinerario coincidiese con el de las estiradas. Les oí conversar

-ayyy no sabés Martita! ¿Te acordás de Rodrigo, el hijo de Doña María?- chilló una

-sssiiii, ese que anduvo con una y otra….. – respondió la otra simulando voz baja y cuidado

-si, si, el mismo. – asintió la primera – bueno… se le murió el hijo……

-ohhh…. Y claro… eso porque andaba haciendo Yoga…. – aseguró la segunda – Cómo Dios no lo va a castigar matándole a la criatura si se mete en esas cosas……

Mi sangre se cristalizó y comenzó a rasgarme las venas. Eché a correr pero los puntiagudos filos de mi hemoglobina desgarraban mis nervios, obligándome a detenerme, a permanecer dentro de aquella locura. Las estiradas perfumadas siguieron parloteando en su lenguaje ácido, cargado de semántica venenosa y guiado por una sintaxis espinosa. No podía correr, correr del mundo. La fragancia onerosa serruchaba mis poros mientras mi propia sangre me inmovilizaba.

De repente, tuve las fuerzas para hacerlo, el poder legado desde quien sabe donde. Pero… ¿Qué pensaría la gente si me ve correr de la nada? Creería que estoy loco o que me había robado algo…

Me odié… al final, yo no era más que otro muñeco hueco de esa triste obra de títeres.

Obnubilado, encarcelado en la rocosa prisión en la que mi mente había comenzado a caer, sentía mis piernas sucederse una tras otra, paso a paso, como quien cuenta con líneas sobre la roca los días de encierro, en sucesión inercial; en desesperado intento de no perder la cordura, de no dejar ir toda seguridad de que aún uno existe. En una búsqueda alarmada de no olvidar su nombre, el nombre del padre; su sangre abstracta, su ser.

Perdí noción del tiempo, del espacio. El grisáceo tono de la áspera piedra era toda mi apreciación. ¿Para qué seguir contando días, pasos? Mas, ellos siguieron su curso y, así, me descubrí en la entrada de El Bosque, el parque que debía atravesar para llegar a mi departamento.

No lo hubiese notado de no ser por un suceso suficientemente impactante como para obligarme a salir de la celda. Resonando entre los árboles, haciendo eco en todo el verde ya oscuro por la hora de la tarde, oí el ringtone de mi teléfono celular. Mi celular místico… acaso…? otra vez ……?

La puerta para escapar un segundo del mundo se había abierto… pero, ¿me atrevía a salir? Tomé fuerzas y me juré que no cerraría los ojos frente a la luz del sol, aquella que no recordaba si era real o tan solo un sueño en mis recuerdos.

Habiendo sacado el teléfono del bolsillo de mi pantalón, lo puse frente a mi cara. El detestable sonido por mí compuesto de Mario BROS aturdía ahora al Bosque. En la pequeñita pantalla de cristal líquido se leía: “Nuevo Mensaje”.

Miré alrededor. La noche había caído. Poca gente solía transitar a esas horas por la zona. Me percaté de que, casualmente, estaba parado en una bifurcación. El camino derecho era el que solía tomar. Rodeaba el bosque, lo más seguro. El izquierdo entraba por la profundidad del verde negro. Era un atajo… pero tomarlo de noche….

Tenía ya dos decisiones en mente. Tragué saliva y leí el mensaje:

“Sí, soy yo. Estoy encerrado y libre a la vez. Estoy en el Punto Unico. ¿Izquierda o Derecha? Ya conocés la respuesta.”

Mi corazón se detuvo. No sé si fue instantáneo o cuestión de horas. Levanté la vista y, sin dudarlo, me encaminé por la izquierda, hacia las profundidades del bosque.