La niña del castillo

Ella era una niña, la única en ese mundo. Vivía en su castillo de cristal oscuro, rodeada de sus súdbitos de peluche. Eran cinco de ellos, no muy diferentes entre sí, aunque con pequeños detalles que los caraterizaban.

Akki, el valiente. Tonom, el bonachón. Barvid, el astuto. Marlondín, el buen mozo. Gara, la perfecta, única mujer entre ellos.

La niña sentía algo especial por cada uno pero, al mismo tiempo, lo mismo. Todos eran uno, y cada uno eran todos. Todos.. excepto Gara. Sólo ella le despertaba algo interno, como una víbora que crecía de su vientre bajo como fuego y subía quemando todo a su paso hasta hacerle zumbar los oídos. Gara era distinta. Gara era perfecta; tenía el semblante de una reina, el aroma de las rosas, el aura de una diosa, la mirada de otro plano. La niña amaba y admiraba a Gara en la misma medida en la que la odiaba y temía.

Entre la niña y sus súbditos no había palabras. No eran necesarias. Todos habían nacido bajo las ópalas paredes de aquel castillo y vivían bañados por la milagrosa luz de luna que se filtraba a través de los altos vitrales. ¿Es que aquellos haces de naturaleza mística habían otorgado a los peluches el primer hálito de vida? Ya no lo recordaba.

Muy ocasionalmente, la niña se sentaba a pensar en el mundo. La niña no tenía nombre. Poseía un vago recuerdo de un universo anterior al castillo.. ¿O acaso era un sueño distante? ¿Tal vez un cuento que había oído? No lo sabía, ni tampoco se sentía capaz o motivada para ahondar en aquel eco.

Cada ciertos eones, sin más por hacer , sus peluches dormían. Entonces, la luz de luna se transformaba en su única razón de existir. Allí pasaba el incontable tiempo absorta en el polvo reflejado y su jugueteo. Largos eran los instantes, seguidos uno tras otro, tan pegados entre sí que el ahora desaparecía, y tantos en cantidad que el antes y el después de desvanecían en las sombras.

¿Es que ese goteo estuvo desde que comenzó esa aislada eternidad o era producto del reciente pasado? ¿Cómo no lo había notado antes? Sereno pero constante, caía sobre el techo del castillo. Tic, Tic. Se oía. Tic, Tic. Su eco.

La niña se levantaba de su letargo y sus delicadas piernas parecían temblar por unos momentos. Ya había pasado por esto.. ¿Verdad? En algún momento distante.. quizás otra realidad. Tic, Tic. Se oía. Tic, Tic. Su eco. “No…” pensaba. “Despierten, Despierten”.

Uno a uno, soplaba a sus súbditos. Akki el valiente. Tic, Tic. No tengas miedo, yo te protegeré. Tonom, el bonachón. Tic, Tic. Siempre estaré a tu lado. Barvid, el astuto. Tic, Tic. Alabada sea mi reina. Marlondín, el buen mozo. Tic, Tic. De rodillas a tí.

Tic.

Silencio. No eran necesarias las palabras.

“¿Acaso algo me había perturbado? ¿Un sueño, un eco distante?” Cómo saberlo. La niña giraba lentamente su cabeza, arrastrando sus enormes ojos a lo largo de las ópalas paredes del castillo hasta posar la mirada sobre Gara, la perfecta, quien no necesitaba del lento soplido para retornar a la vida.  Tic. Tic, Mi señora.

Un nuevo reinado ha comenzado.